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IDENTIFICACIÓN  

Una función de nuestra mente es la identificación, es decir, la necesidad de establecer cual es la verdadera naturaleza de las cosas. De este modo nos desenvolvemos en un mundo de formas diferentes y de distancia entre las cosas. Sin embargo, desconocemos qué es La Realidad –con mayúsculas-. Los místicos de todos los tiempos coinciden en que es infinita, imposible de comprender y mucho menos de controlar. Cuando esto se asume, la percepción del mundo se vuelve relativa, y la identificación, más que basarse en la distancia y en la forma, descansa en una sensación de silencio y de vacío infinito.

Lo habitual, sin embargo, es identificarnos totalmente con nuestras creencias y percepciones; en otras palabras, estamos convencidos, de un modo rígido y absoluto, que lo que pensamos y percibimos de las cosas es la única realidad posible. Nos concentramos en ello e impedimos que suceda algo más. Desconocemos el silencio; su falta de referencias nos confunde e incomoda sobremanera.

Así, nuestra percepción del mundo está alienada. Nuestras creencias se basan en proposiciones o interpretaciones de experiencias pasadas, dentro de paradigmas culturales, sociales y familiares, casi siempre bajo el paraguas del miedo y la necesidad de controlar y defenderse. Al identificarnos con todo ello, nuestras relaciones se hacen distantes. Ya no establecemos contacto con las cosas, sino que nos enredamos en nuestras ideas e interpretaciones. Esto nos separa de la realidad; limita nuestras posibilidades; nos hace fantasiosos y abstractos, distraídos, emocionales, carentes de intensidad y, obviamente, de poder.

La identificación a través de creencias y proposiciones no es en sí algo negativo. Resulta universal, inevitable, y posiblemente sea la manera de relacionarnos con el aspecto “finito y formal” de la realidad. El problema no reside tanto aquí, sino en la rígido y concentrado de dicha identificación. Es decir, no estamos acostumbrados a percibir el aspecto infinito de la cosas, ni la relación de todo con todo, ni somos capaces de permitir que las cosas sucedan sin oponernos a ellas.

El curador de Sat Nam Rasayan no es una excepción, y también cae en interpretaciones rígidas y concentradas, pero aprende a reconocer su identificación sin reaccionar y a abrir un espacio más allá de su fantasía; un espacio intenso y estable, hasta permitirse ser silencioso e indiferenciado.

 
 
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